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viernes, 11 de enero de 2013

"Carta"


 Antes de despedirse, le preguntó si estaba segura de que iba a estar bien y por qué no le decía lo que ocurría, pero no quería contárselo, no se sentía con fuerzas todavía y sentía vergüenza de lo que le sucedía; aún así, para darle tranquilidad le dio alguna que otra pincelada sobre el asunto, entonces,  le confesó algo. Cuando escuchó aquellas palabras, su cuerpo se quedó inerte... su rostro se volvió frío... sus ojos no pestañeaban... su boca era incapaz de articular palabra... su respiración era rápida y después entrecortada...
 Se preguntaba interiormente por qué y la respuesta se la dieron sus ojos, sólo lo había hecho para poder saber el origen de su dolor, ese que por dentro la desgarraba y brotaba al exterior en forma de incontenible llanto.
 Actuó por la fuerza del corazón y no por la de la razón. Se dejó llevar por su primer impulso, ese que la naturaleza regala en ocasiones.
 En principio le pidió que se disculpase, pero al instante se dio cuenta que no podía hacer que pasara por eso. Las disculpas las pediría ella. Así que cogió lápiz y papel y comenzó a escribir una carta que decía así:

 "Querido... en su nombre y en el mío, no puedo hacer más que pedirte disculpas. Su actitud fue en base al dolor y la intranquilidad que le daba ver mi desesperación... en base a no comprender el por qué de mi desconsolado llanto y el constante silencio unicamente roto por sollozos y palabras inacabadas... en base a mi mirada perdida en el vacío acompañada de mis preguntas sin respuestas... en base a  los pedacitos de mis sueños rotos, esparcidos por el suelo de mi cuarto en penumbra... Sabemos que los hechos no fueron los correctos y es por ello que te pido perdón. Aceptame las disculpas y otorgame tu perdón, por favor. Con respeto y cariño, admiración y gratitud, se despide atentamente...".

 Al terminar de escribir aquella carta, se miraron y le dijo que no se preocupase, que pronto hablarían con calma y le explicaría el por qué de su desvelo, de su encierro, de sus silencios, de sus largos e interminables paseos sin regreso, de su desgana, de sus lágrimas, de su actitud para con todos y todo en estos días atrás...
 Se despidieron con un beso y un fuerte abrazo y con la mirada triste y la cabeza baja se marchó. Era noche ya, tenía ganas de encontrarse sola en casa, en silencio sin nada ni nadie que la perturbase.  El camino de regreso se hizo eterno... Al llegar a casa sintió frío, metió aquella carta en un sobre y escribió un nombre y una dirección.  Se dio una ducha bien caliente, necesitaba relajarse y llorar sin que nadie la escuchase. Se acostó, mas no conseguía dormir, así que puso algo de música, aquella que la relajaba y a otro tiempo y a otro lugar la transportaba.

 En la mañana, muy temprano, sin apenas haber salido el sol, se dirigió a la oficina de correos, pidió que certificasen su carta, quería que la entregasen en mano, pero de repente, le faltó valor y salió de allí apresurada, avergonzada y con los ojos inundados de cristalinos mares de sentimientos. 

 Se dirigió a la playa. Una vez allí, se descalzó, tomó sus zapatos en la mano y caminó despacio hacia la orilla del mar. La playa estaba desierta, no había nadie excepto ella... la arena... el inmenso mar que parecía cantar... un cielo en el que las nubes dibujaban su silueta... el viento que susurraba su nombre... y alguna que otra gaviota dejando sus huellas muy cerca de ella. 
 Con lágrimas en los ojos creyó que era el momento de decir adiós, se despidió de su amor, de áquel que tanto le había dado... de áquel que fue capaz de convertir en sonrisa su llanto... de áquel que le había regalado alas para volar y un timón para dirigir el rumbo de su vida. Lanzó aquella carta a la inmensidad y entre la espuma de las olas se perdió.

 Mojó sus manos y su cara con  el agua salada, que se confundía con el sabor de sus lágrimas y al viento que se había callado y al mar que parecía haberse dormido, una pregunta lanzó, ¿por qué?, mas nadie le respondió.
 Dio media vuelta y se marchó. Regresó a casa, que la esperaba silenciosa y vacía. Abrió la puerta y al cerrarse trás de si, pensó: "Mañana si Dios lo quiere, abrazaré a un nuevo día".



 
 Texto: Celeste Orjales.
Fotografías: Celeste Orjales.
Gráfica: Rosana Gómez. 


8 comentarios:

  1. Vaya...si es que me has dejado sin habla...
    Que gran texto y cuanta esperanza transmites amiga.

    Abrazar un nuevo día...es lo que cuenta.
    Un placer estar de vuelta!
    Besos.

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    1. Gracias por tu visita Remei y comentario. Esperanza, sí, de un nuevo día y de perdón.
      Un placer tenerte de vuelta por mi rincón a pesar de que me ubicases en la punta abajo del mapa jeje... No linda, soy de otro de los paraísos, soy gallega.

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  2. Siempre hay un mañana para abrazarlo. Pero hay que saber -y querer- hacerlo.
    un beso y gracias por tus palabras.

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  3. Hola Celeste me encanta cómo expresas tus sentimientos. Que bonito todo lo que escribes hace mucho que te leo y cada relato me sorprende màs que el anterior. Un abrazo

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  4. Hola Celeste. Hace mucho que te leo . Me gusta mucho tu manera de expresarte y me maravillan todos tus relatos. Un abrazo

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  5. Hola Celeste me encanta cómo expresas tus sentimientos. Que bonito todo lo que escribes hace mucho que te leo y cada relato me sorprende màs que el anterior. Un abrazo

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    1. Hola Eva Sol y Luna, gracias por seguirme y por tu comentario, me alegra que te gusten mis textos. Saludiños desde Ferrol.

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